Infancia

La pasada primavera mientras paseaba por el campo corté un esqueje de una planta que me recordó la infancia. Esta es la foto que le tomé al esqueje:


Estaba segura de que se trataba de un "matagallo", pero luego he buscado en internet y, aunque hay distintas variedades, todas las que he visto tienen la misma textura en sus hojas pero son más alargadas que la que yo encontré, algo así como se ve en esta foto encontrada con Google, en la que la planta está en plena floración:



Puede que mi planta no sea un matagallo, pero yo la recordaba así, tal y como se ve en la primera de las imágenes.

Era muy pequeña aún, quizás tendría menos de cinco años y en casa se usaba un detergente blanco en polvo para lavar los platos, pero muchas veces se lavaban con matagallos, porque mi madre decía que limpiaban mejor, además de que suponían un ahorro de dinero. Se utilizaban sobre todo cuando hacían la matanza para lavar las calderas metálicas y otros utensilios, porque esa planta tiene un poder desengrasante que hacía relucir lo que se lavaba con ella. De modo que hacía una doble función, la de detergente y la de estropajo. Por entonces no se conocía la palabra "ecológico", pero allí había escasez de agua, y la de haber lavado platos con matagallo se podía reutilizar luego para echársela a la tierra de las parras o de otras plantas, mientras que si se había usado detergente, no. 

Además el matagallo se ha utilizado desde muy antiguo como medicina contra distintas enfermedades, como mecha para los candiles o sus flores como golosina, pero estas utilidades las estoy aprendiendo ahora, la única que yo le conocía era la de estropajo antigrasa.


La primera vez que mi padre compró mantequilla, la trajo a casa como una novedad. Ni él, ni mi madre ni yo la habíamos probado nunca, así que no sabíamos cómo había que comérsela. Mi madre la puso en la mesa para el desayuno, con pan y tazones de malta. Mi padre cortó trozos de la mantequilla para cada uno, como si fuera queso. Nos la comimos con pan, un bocado de pan y otro de mantequilla, y nos resultó tan empachosa que decidimos que no nos gustaba. Pasó mucho tiempo hasta que apreciamos su sabor, cuando aprendimos que se untaba en el pan.

No había clase media, o no al menos como actualmente la entendemos. Estaban los ricos y los pobres. Como los pobres eran mayoría, daban de sí para formar subclases, básicamente dos: los que sufrían la miseria y los que no. En mi familia éramos pobres del segundo tipo, porque teníamos para comer lo que daba el campo de secano, las gallinas, la matanza y algunas cosas que se compraban en la tienda: pescado, leche condensada, arroz, fideos, hortalizas, fruta y verdura, teníamos una casa donde vivir, aunque no fuese nuestra, podíamos vestirnos decentemente y teníamos lo necesario para lavarnos y tener la casa limpia. Eso era porque mi padre tenía un trabajo fijo y un salario.

Otros no estaban tan bien. Eran los que trabajaban en lo que iban encontrando, como los esquiladores de burros o afiladores de navajas que iban por los pueblos y los cortijos, pero lo que más había eran jornaleros que trabajaban solamente en las distintas temporadas del campo, ya fuera la aceituna o la cosecha de cereales. Entre una y otra se abastecían mal y poco, por ejemplo cuando terminaba la recogida de la aceituna muchos hombres, mujeres y niños se adentraban en los latifundios con un saco para recoger las aceitunas que habían quedado desperdigadas y ya abandonadas en el suelo entre las filas de olivos y los jaramagos crecidos. Las llevaban al molino y tenían aceite para una temporada. A eso lo llamaban la rebusca y era una actividad prohibida, salvo que los rebuscadores tuvieran un permiso firmado. Yo no entendía por qué las parejas de la Guardia Civil hacían batidas por los campos para detener a los rebuscadores sin permiso si se veía que no estaban robando nada porque estaba claro que la recogida oficial había terminado, ya que no quedaban aceitunas en los olivos. Buscaban a mi padre para pedirle la firma y él siempre se la daba, pero en una ocasión no la pidieron, los encontraron los civiles y los trajeron a casa, pero mi padre les dijo que tenían permiso y los dejaron ir.

Yo sabía que éramos pobres porque me lo decían mis padres, pero no me sentía pobre porque era una niña feliz. ¿Por qué somos pobres? Porque no tenemos nada. Es verdad, no teníamos más propiedad que nuestros efectos personales, pero yo lo tenía todo. No sabía cómo vivían los ricos, pero sí cómo vivíamos los pobres y todos más o menos lo hacíamos de la misma forma, teníamos parecidas costumbres y utilizábamos el mismo lenguaje. A un rico lo distinguía de un pobre por tres cosas: tenía coche, olía a un delicioso perfume mezclado con el aroma del tabaco rubio y hablaba de forma distinta a como hablábamos nosotros. La primera vez que oí decir gracias fue a una niña rica. Mi madre entonces me dijo que yo también tenía que aprender a decir gracias. Nosotros dábamos las gracias con un beso, un abrazo o una expresión de alegría si se trataba de alguien de nuestra familia, y si era una persona de fuera le decíamos que Dios se lo pague.


Los ricos también decían otras palabras que nos parecían muy bonitas, en lugar de las que se usaban en casa: asno por burro, caballería por mulo, fiebre por calentura, herida por pupa, arañazo por rasguño, eructo por regüeldo, y así un largo etcétera de palabras que yo creía que decíamos mal pues éramos pobres. Seguramente todos pensaban lo mismo que yo y por eso, con el paso de los años, fuimos abandonando algunas y sustituyéndolas por las palabras ricas, por parecer más cultos.

He pensado hacer algunas entradas sobre el vocabulario, extraño ahora, que utilizábamos habitualmente. Muy pocas de aquellas palabras eran incorrectas, modismos o adaptaciones tópicas, pero la mayoría eran muy correctas y sobre todo quiero enfatizar en que el vocabulario era muy rico, cada cosa tenía su nombre, no como ahora, que llamamos chisme o cacharro a cualquier cosa: el cacharro de la fruta, el chisme ese metálico...

Las palabras de hoy: dolamas y peromias, ambas en desuso. La primera es correcta, la segunda no.

Cuando a mi madre le dolían los músculos o las articulaciones decía que tenía dolamas. Por el contexto entendía que se trataba de molestias leves y no de dolores. Hoy lo he buscado en el diccionario, y en su segunda acepción dice:

Dolama
2. f. alifafe (‖ achaque leve).

En cuanto a las peromias, su significado es achaques. Lo escuchaba decir cuando hablaban de la vejez, cuando cada día se tienen más peromias. Aunque sea incorrecta, me parece bonita.


Cuando era pequeña y vivía en el campo con mis padres, no recuerdo que el frío me resultase tan paralizante como cuando fui adolescente y adulta. Allí en el campo mi madre mantenía toda la mañana la pava* encendida en la chimenea de la cocinilla chica, un pequeño recinto separado del resto del edificio que estaba integrado por un laberinto de habitaciones, patios, pajares, cámaras, además del saladero, el gallinero y la cuadra. En la pava el puchero se hacía lentamente a lo largo de toda la mañana en aquella olla de color burdeos que tenía una cara renegrida. Jugábamos en la calle, a campo abierto, entre las filas de olivos, o nos tirábamos por la piquera envueltos y acolchados por la paja. O nos hacíamos una cabaña de palos y sacos. El juego nos quitaba el frío, pero si se nos helaban los pies o las manos íbamos a la cocinilla chica y nos calentábamos al calor de la pava. En las mañanas de sol nos mandaban a jugar a "la recacha", una de las fachadas del cortijo que estaba protegida del viento por una rampa lateral que daba paso al pajar.

Desde la hora de la comida hasta la hora de la cena estaba encendida la chimenea de la cocina principal. Para cenar nos íbamos al comedor, en donde había una mesa camilla con un brasero de hierro que mis padres llenaban con las brasas que aún ardían en la chimenea.

Mi padre cortaba leña para la chimenea poco antes de que oscureciera. Si se lo pedía me dejaba hacerlo a mí. Tenía que coger el astil del hacha por la parte más cercana al hierro para poder manejarla y cortaba la leña más fina sobre un viejo tronco. Algunas ramas eran tan finas que las partía con mis propias manos pero, como las tenía heladas, el crujido me hacía doler la punta de los dedos, aunque era feliz de saberme tan mayor como para cortar la leña, un trabajo de hombres. Siempre me gustó la idea de hacer el trabajo que estaba reservado a los hombres: cortar la leña, montar en los mulos, echarles de comer o llevarlos a beber a los chilancos, podar las sierpes de los olivos o ir de caza. Y sobre todo inventar cosas y "ser valiente", que no me asustasen ni la oscuridad ni las serpientes, ni los truenos ni los relámpagos, ni la noche ni los fantasmas.


* Se llamaba "la pava" a aquel fuego sin llama que quemaba lentamente un montón de paja en la chimenea. El calor de ese fuego sin llama era suficiente para cocinar sin que hubiese riesgo de que se quemase la comida, además de darle un exquisito sabor al puchero (cocido).

Hasta los seis o siete años los alimentos preparados para larga duración eran los que hacían mis padres y creo que todos eran derivados del cerdo: chorizo en manteca, jamón, tocino, morcilla seca, salchichón... Todo ello y las latas de leche condensada, que era la que tomábamos en el campo a falta de las cabras que no nos dejaban tener para que no se comieran los olivos. Y olvidaba otra lata: la de atún. Mi madre las compraba enormes, de un kilo. Se guardaban en la despensa. Cuando se abrían, para que el atún no se deteriorase, les iba añadiendo aceite de oliva para que lo cubriese. Y así se conservaba bien hasta que se terminaba.

La entrada en el mundo civilizado de las latas se inició con la mortadela, ya en mi etapa escolar. Como parece que eso ya pertenece a la época de mariacastaño no he encontrado en internet ninguna como las que se compraban entonces, pero para ejemplo pongo una más actual, de chopped.

Las latas de mortadela eran altas, algo así como el doble de una lata de coca-cola, y más anchas. Utilizarlas requería su técnica:

Se abría la parte superior de la lata con un abrelatas, procurando que no quedasen bordes en el corte, porque si era así la mortadela luego no había forma de sacarla de allí porque se atascaba.

¿Resuelto? No. ¿Cómo sacar la mortadela de una lata si al intentar salir se hacía el vacío y la sujetaba en su envase como si estuviera encolada? En la cara inferior de la lata se hacía una hendidura con el abrelatas. Después se sacudía la lata hacia abajo con fuerza como si se estuviese golpeando el aire con ella. ¿Que aún así no asomaba por el borde? Entonces se soplaba fuerte por la hendidura de la cara inferior y volvía a sacudirse fuertemente. Cuando ya asomaban unos centímetros de mortadela por la boca abierta de la lata, se cortaban unas rodajas y ¡listo para hacer un bocadillo! Un empujoncito hacia dentro en el resto sobresaliente de la mortadela, cubierta la lata con papel o tela sujeto con una cinta y vuelta a meterla en la despensa hasta el próximo bocadillo.

A falta del abrefácil, más valía maña que fuerza :)