No había clase media, o no al menos como actualmente la entendemos. Estaban los ricos y los pobres. Como los pobres eran mayoría, daban de sí para formar subclases, básicamente dos: los que sufrían la miseria y los que no. En mi familia éramos pobres del segundo tipo, porque teníamos para comer lo que daba el campo de secano, las gallinas, la matanza y algunas cosas que se compraban en la tienda: pescado, leche condensada, arroz, fideos, hortalizas, fruta y verdura, teníamos una casa donde vivir, aunque no fuese nuestra, podíamos vestirnos decentemente y teníamos lo necesario para lavarnos y tener la casa limpia. Eso era porque mi padre tenía un trabajo fijo y un salario.
Otros no estaban tan bien. Eran los que trabajaban en lo que iban encontrando, como los esquiladores de burros o afiladores de navajas que iban por los pueblos y los cortijos, pero lo que más había eran jornaleros que trabajaban solamente en las distintas temporadas del campo, ya fuera la aceituna o la cosecha de cereales. Entre una y otra se abastecían mal y poco, por ejemplo cuando terminaba la recogida de la aceituna muchos hombres, mujeres y niños se adentraban en los latifundios con un saco para recoger las aceitunas que habían quedado desperdigadas y ya abandonadas en el suelo entre las filas de olivos y los jaramagos crecidos. Las llevaban al molino y tenían aceite para una temporada. A eso lo llamaban la rebusca y era una actividad prohibida, salvo que los rebuscadores tuvieran un permiso firmado. Yo no entendía por qué las parejas de la Guardia Civil hacían batidas por los campos para detener a los rebuscadores sin permiso si se veía que no estaban robando nada porque estaba claro que la recogida oficial había terminado, ya que no quedaban aceitunas en los olivos. Buscaban a mi padre para pedirle la firma y él siempre se la daba, pero en una ocasión no la pidieron, los encontraron los civiles y los trajeron a casa, pero mi padre les dijo que tenían permiso y los dejaron ir.
Yo sabía que éramos pobres porque me lo decían mis padres, pero no me sentía pobre porque
era una niña feliz. ¿Por qué somos pobres? Porque no tenemos nada. Es verdad, no teníamos más propiedad que nuestros efectos personales, pero yo lo tenía todo. No sabía cómo vivían los ricos, pero sí cómo vivíamos los pobres y todos más o menos lo hacíamos de la misma forma, teníamos parecidas costumbres y utilizábamos el mismo lenguaje. A un rico lo distinguía de un pobre por tres cosas: tenía coche, olía a un delicioso perfume mezclado con el aroma del tabaco rubio y hablaba de forma distinta a como hablábamos nosotros. La primera vez que oí decir gracias fue a una niña rica. Mi madre entonces me dijo que yo también tenía que aprender a decir gracias. Nosotros dábamos las gracias con un beso, un abrazo o una expresión de alegría si se trataba de alguien de nuestra familia, y si era una persona de fuera le decíamos que Dios se lo pague.

Los ricos también decían otras palabras que nos parecían muy bonitas, en lugar de las que se usaban en casa: asno por burro, caballería por mulo, fiebre por calentura, herida por pupa, arañazo por rasguño, eructo por regüeldo, y así un largo etcétera de palabras que yo creía que decíamos mal pues éramos pobres. Seguramente todos pensaban lo mismo que yo y por eso, con el paso de los años, fuimos abandonando algunas y sustituyéndolas por las palabras ricas, por parecer más cultos.
He pensado hacer algunas entradas sobre el vocabulario, extraño ahora, que utilizábamos habitualmente. Muy pocas de aquellas palabras eran incorrectas, modismos o adaptaciones tópicas, pero la mayoría eran muy correctas y sobre todo quiero enfatizar en que el vocabulario era muy rico, cada cosa tenía su nombre, no como ahora, que llamamos chisme o cacharro a cualquier cosa: el cacharro de la fruta, el chisme ese metálico...
Las palabras de hoy: dolamas y peromias, ambas en desuso. La primera es correcta, la segunda no.
Cuando a mi madre le dolían los músculos o las articulaciones decía que tenía dolamas. Por el contexto entendía que se trataba de molestias leves y no de dolores. Hoy lo he buscado en el diccionario, y en su segunda acepción dice:
Dolama
2. f. alifafe (‖ achaque leve).
En cuanto a las peromias, su significado es achaques. Lo escuchaba decir cuando hablaban de la vejez, cuando cada día se tienen más peromias. Aunque sea incorrecta, me parece bonita.