El cenicero de Candela

ETAPAS QUEMADAS. Recuerdos de infancia (1958 - 1971)

Alegato

"Tienes una historia dentro que espera para ser escrita"

Anne Rice


Porque ya con 3 años era libre de la mañana a la noche.

Porque me gustaba y podía estar sola cuando quisiera para pensar.

Porque podía jugar con Pepa, con Jacinto y con mis bichos todo el día.

Porque el horizonte estaba a todo mi alrededor y al otro lado había un mundo imaginario que un día iba a descubrir.

Porque tumbada sola entre el trigo verde, escuchaba el aire, el zumbar de los insectos, el movimiento de lagartos y culebras y veía formas fabulosas en las nubes.

Porque tenía una navaja de cachas verdes que con 5 años sabía lanzar, que diese dos vueltas en el aire y se clavara en aquel tronco de la leñera.

Porque con 3 años quise aprender a leer y mi padre me enseñó.

Porque mis padres no me apartaban para hablar de "ciertas cosas". Hablaban sin dramatismo, con calma, lo mismo de la falta de dinero que de apariciones fantasmales que de la osa mayor o de la estupenda cosecha.

Porque Dios era un señor con barba que estaba en el cielo y nunca se asomaba. Se le invocaba para la lluvia y para el viento, y él hacía lo que le parecía bien. Y aparte de eso no sabía que sirviera para otra cosa ni que nos exigiera o nos prohibiera nada.

Porque tenía cubiertas mis necesidades materiales indispensables: agua, comida, dos vestidos para el verano y dos para el invierno, que me hacía mi madre.

Porque me compraron una caja de lápices Alpino y podía dibujar flores de colores.

Porque los ojos de los animales reflejaban bondad.

Porque los Reyes Magos me dejaban en los zapatos dos o tres caramelos envueltos en celofán de colores.

Porque mis padres me querían.

Porque tenía un paraguas amarillo y un triciclo con sillín de madera pintada de verde con flores.

Porque la hierba por las mañanas estaba llena de rocío, que brillaba con el sol y yo la podía tocar con mis manos.

Porque mi padre me sentaba en sus rodillas cuando volvía del campo y me cantaba la canción de la cordera blanca que yo tenía... Yo mientras tanto miraba sus manos llenas de callos y les daba besos.

Porque las manos de mi padre olían a viento.

Porque mi padre se inventaba mil cuentos para contarme, como el del gigante "Rancancinas".

Porque no tenía miedo.

Mi amiga y asesora sexual, Toñi, (la que me explicó lo que era la regla, la fecundación y el embarazo) me contó un día al oído que su prima, de 12 años, le había dicho que "cuando una mujer no se queda embarazada es porque su marido usa condón".

- ¿Qué es condón? - le pregunté acordándome de mi tía, que no tenía hijos aunque se moría de ganas ¡Está claro, mi tío usa condón!

- Pues una cosa que no sé cómo es, pero que se pone en el pito y que se vende en farmacias -me contestó ella.

- Ahhhh -dije yo, como si ya me hubiera quedado muy claro lo que era un condón.

Como yo vivía con mi abuela, y mi tía y su marido también, tenía que investigar si mi tío guardaba condones en algún sitio. Tenía que guardarlos en un sitio muy privado. Así que busqué en las mesitas de noche y en la cómoda de su dormitorio.

¡Por fin! en un rincón de un cajón de la cómoda había una cajita pequeña y redonda con el letrero de una farmacia. La abrí. Estaba llena de bolitas blancas como guisantes. ¡Ya está! ¡Esto se lo ponen ellos a modo de tapón!

Cogí una de aquellas bolitas y fui a buscar a mi amiga a su casa.

- ¡Tengo uno, he conseguido un condón!

- ¿¿¿A ver??? ¡Biennnnn! -contestó ella entusiasmada-. Dámelo que yo lo guarde.

Se lo di. Durante tiempo lo estuvo exhibiendo a todas las otras niñas de la calle como quien tiene un tesoro "Queréis ver un condón?". No sé las otras, pero yo hasta los 17 estuve convencida de que los condones eran pequeñas bolitas blancas.

Y mientras tanto qué lástima me daba mi tía, venga ir a médicos porque no se quedaba embarazada, y yo sabiendo por qué...



Imagen cajita: todocoleccion.net

El día 1 de noviembre de 1965 mi abuela me dijo que íbamos a ir al cementerio.

-¿Qué es el cementerio, abuela?

-Ya lo verás. Es el sitio en donde entierran a las personas que han muerto
me respondió mi abuela.

Así que a las personas muertas se las entierra, como yo hice con Gata el año pasado” –pensé.

Caminamos unos tres kilómetros carretera arriba. Mi abuela llevaba un cubo y varios trapos. Entre las dos llevábamos unos cuantos manojos de crisantemos de varios colores y dos o tres crestas de gallo rojas.

El cementerio estaba lleno de niños y mujeres. Cada mujer o par de mujeres se movía en torno a una tumba, limpiaba la lápida, los cristales, quitaba las hierbas y ponía un jarrón con flores junto a la cruz.

La tumba que limpiaba mi abuela tenía una losa de granito gris y otra losa vertical, del mismo granito, en la que había tallada la imagen de medio cuerpo de un hombre, un nombre, los apellidos de mi abuela y dos fechas.

-¿Quién es ese hombre, abuela?

-Mi hermano Salvador

-¿Está ahí debajo?


- Sí, ahí están sus restos. –Volví a acordarme de Gata y aquel hueso con piel que encontré cuando tiempo después fui a escarbar en su tumba.

-¿Y por qué se murió?

-Porque le dio un cáncer de estómago. Era muy joven, ¿sabes? Le dio eso, hija, y eso no se cura. Por eso se murió.


Lo miré durante un rato. Aquel hombre con una media sonrisa ahora era unos restos allí debajo de la losa que estaba limpiando mi abuela. Miré la cara de mi abuela. No parecía triste ni alegre. Normal, como todos los días. Entonces no había que ponerse triste en el cementerio.

-Abuela ¿y tus padres dónde están enterrados?

-Los enterraron aquí, pero al cabo de unos años los llevaron al osario.

-¿El osario?

-Sí, mira allí, ¿ves aquel muro? Aquello es el osario. Allí se llevan los huesos de las tumbas cuando pasan unos años si la tumba no es comprada. Allí los queman.


Luego me fui a ver las otras tumbas. Algunas eran un promontorio en la tierra con una cruz de madera clavada en un extremo. Otras ni siquiera tenían cruz, ni siquiera hojarasca de flores viejas, ni abandonados jarrones rotos. Ni parecían tumbas y yo pisaba alegremente encima para ir de un lado a otro. Mi abuela, que no me quitaba ojo, me llamaba: “No pises encima de las tumbas. Tú cada vez que veas un montoncito de tierra alargado piensa que debajo hay una persona enterrada. Hay que respetar a los muertos”. Empecé a andar con sumo cuidado, evitando cualquier promontorio, aunque estuviera en medio del camino. Leía nombres y más nombres, fechas, rostros antiguos que ya me parecía a mí que tenían cara de muertos. Veía tantas flores, tantísimos colores en aquel día soleado que el cementerio me parecía un lugar maravilloso aunque estuviera lleno de personas muertas.

-Abuela, ¿por qué algunas tumbas no tienen losa ni flores?

-Las que no tienen losa son de personas pobres. Las que no tienen flores, personas de las que ya nadie se acuerda.

-Ah. ¿Y esas que son de tierra pero muy cortas?


- Esas son de niños. -Eso me impresionó. Me dediqué a mirar cuantas tumbas de niños iba encontrando. Yo era una niña pero estaba viva. Otros se habían muerto. Me daba pena imaginar a niños o niñas como yo que ya no eran ni niños ni niñas, eran "restos".

En mi paseo encontré una esquina del cementerio que estaba rodeada de una pequeña cerca. Allí no había lápidas ni flores, casi ni siquiera cruces de madera y las pocas que había ni siquiera tenían escritas iniciales o fechas. Volví
a donde estaba mi abuela. “Abuela, ven, que te quiero enseñar una cosa”. Ella dejó la limpieza y se dejó tirar por mí hasta aquella zona triste del cementerio.

-¿Por qué estos muertos están apartados y no les ponen flores?

-Porque ahí están los rojos, los maquis y los que se quitaron la vida.

-¿Qué son los rojos?


-Pues hija, en la guerra civil había dos bandos, los rojos y los nacionales. Pues a los rojos los enterraban aquí.

-¿Es porque eran de color rojo?

-No, eran personas normales, como nosotras, pero se llamaban así.

-¿Y los maquis?

-Los maquis es lo que aquí decíamos “la gente de la sierra”, los que eran rojos y cuando acabó la guerra se fueron a la montaña para seguir peleando.
-Ah ¿Y por qué ponen aquí a los que se quitan la vida?

-Porque es malo eso de quitarse la vida. Esos tampoco van a la gloria cuando se mueren.

-¿Y si los quitan de aquí y los ponen en el lado de “los buenos”? A lo mejor así se los llevan a la gloria.


Mi abuela me dijo que había que terminar de arreglar la tumba del tío Salvador y tiró de mí hacia allá. Me dejé llevar sin dejar de mirar hacia atrás, aquella zona de personas muertas y solas. ¿Nadie los quería aunque no tuvieran derecho a la gloria?

-Abuela, entonces ¿en ese lado están todas las personas que son malas?

-No, hija, no son malas, no. Hay malos y buenos en los dos lados del cementerio.

El día 2 de noviembre también era festivo. Ese día volví al cementerio con mi abuela y con mis tías. Ya nadie arreglaba tumbas. Era el día de la visita a los muertos. Todo el cementerio estaba colorido por las flores y bullía de gente. Recuerdo que fui directamente -como haría todas las veces que visitaba el cementerio con mi abuela- a mirar las tumbas de aquella zona apartada donde estaban los maquis, los rojos y las personas que se quitaban la vida. En esos días aprendí que también las personas muertas estaban divididas en categorías.


En el cortijo había dos yuntas de mulos, una formada por dos mulas de color canela oscuro, Lucera y Sevillana, y otra por un mulo blanco de nombre Cano y una mula parda, casi negra: Cariñosa.

Los mulos tenían su sitio fijo en la cuadra, cada una con su propio pesebre que se llenaba de paja o de avena u otros cereales cuando todavía estaban verdes.

El pesebre de Cariñosa era el más cercano a la puerta de la cuadra que daba a nuestra cocina-comedor. Aquella puerta, en su parte inferior tenía un roto, un agujero irregular de cinco o seis centímetros de diámetro.

Cuando jugaba con los insectos caseros o con las huellas impresas de manos en el cemento del suelo, a veces asomaba un ojo por aquel agujero de la puerta y miraba a Cariñosa, que estaba allí siempre de pie, cansada, aburrida o comiendo del pesebre. La curiosidad era recíproca, pues ella movía sus ojos hacia donde estaba el mío y luego me acercaba su hocico.

Cariñosa era una mula muy particular, curiosa, no muy sociable y un poco rebelde a la que no le gustaba estar encerrada, pero fuerte y obediente cuando tenía que trabajar en el campo o llevarnos en su grupa hasta el pueblo o a algún cortijo vecino.

Con tres y cuatro años una de mis distracciones, que tenía que hacer a escondidas de mi madre, era ir al cajón del pan y coger una miga, meter mi mano por el agujero de aquella puerta y esperar a que Cariñosa recibiera la señal. Al principio, con lo asustadiza que era, se alejaba al ver mi mano, pero poco a poco fue tomando confianza hasta que un día vino a comer el pan que yo le ofrecía. No podía verla, porque mi muñeca ocupaba todo el agujero, pero sentía su hocico en mi mano. Así que siempre que mi madre salía para echar de comer a las gallinas o para otras labores, aprovechaba para darle pan a Cariñosa. Fuimos dos silenciosas amigas cómplices.

Como dije antes, a Cariñosa no le gustaba estar encerrada y era increíblemente hábil para soltarse el cabestro que la ataba junto al pesebre y escapar de la cuadra por las noches. Cuando mi padre y José descubrían que se había escapado iban a buscarla por el campo. No solía estar lejos, casi siempre en la parte de atrás donde se formaba en invierno y primavera un precioso prado con flores de todos los colores.



Pero en cuanto los veía aparecer echaba a correr y ni con palabras amables ni con órdenes conseguían que se detuviese para atraparla.


Mi padre de alguna manera sabía de la secreta amistad entre Cariñosa y yo, por lo que en esos casos iba al dormitorio, me despertaba y me decía: "Anda, levántate que Cariñosa se ha vuelto a escapar". Mi madre me vestía y salíamos mi padre, José y yo hacia donde se encontrase la mula. Ellos llevaban sendos faroles de hierro y cristal. Esperaban discretamente lejanos a Cariñosa y yo la llamaba, me iba acercando a ella muy despacio con un manojito de hierba en la mano. Ella al principio dudaba y daba unos pasos marcha atrás, pero yo le hablaba, le decía que no tuviese miedo y que en la calle hacía frío, que no le iba a pasar nada. Entonces ella venía hacia mí despacio, comía la hierba que le ofrecía y se dejaba tomar por el cabestro. Luego me seguía dócil tirada por mí. La metía en la cuadra, le acariciaba la cabeza y me iba de nuevo a dormir.

Mi Cariñosa, como otros animales buenos que me acompañaron en la infancia estará siempre en mi recuerdo. Estuvo allí hasta que tuve cinco años. Un día vinieron unos hombres y se la llevaron. Era un día muy lluvioso. Pregunté a mi padre y a José adónde se la llevaban. José me dijo que ya era vieja y se la llevaban para hacer con ella salchichón. Me quedé petrificada viéndola alejarse dócil tirada por uno de aquellos hombres desconocidos. Nunca olvidaré aquella sensación de impotencia, sin llanto ni rebeldía por mi parte, muda y bloqueada.


Tenía 5 años y habíamos ido a pasar los días de feria al pueblo de mis abuelos. Al lado de su casa vivía una familia formada por:

- La abuela y el abuelo, dueños de la casa.

- Una hija de los abuelos, con su marido y sus tres hijos.

- Otra hija de los abuelos, paralítica, con manos y pies deformes, que siempre llevaba un hábito morado y cosía frente a la puerta abierta de la calle.

- Un hijo de los abuelos, con su mujer y sus cuatro hijos, entre ellos Juanito, dos meses mayor que yo.



Eran en total 14 personas -7 adultos, 3 niñas y 4 niños- en una vivienda con tres dormitorios.

Me gustaba mucho aquella casa con tantos niños. Debajo de sus camas había muchas cajas donde guardaban los juguetes: Cromos, elástico, la piedra para la rayuela, tebeos de Mortadelo y Filemón y del Capitán Trueno, chinos de río, rabos de lagartijas, pieles de serpientes y muchas más cosas divertidas para una niña de 5 años.

En esos días de visita en casa de mis abuelos me pasaba como siempre el día en la calle jugando.

Una vez el juego consistió en jugar a caballitos con Juanito, el que era de mi edad. Yo hacía de Capitán Trueno: me montaba a sus espaldas y él me llevaba hasta un extremo de la calle. Allí nos relevábamos y yo hacía de caballo hasta el otro extremo. Corre, corre -y usábamos una fusta imaginaria-.

A esto que salió una vecina que vivía dos casas más allá de la de mis abuelos. Era una mujer muy alta con una barriga enorme. En la calle estaban otras vecinas, mi abuela y mi madre. Después de observar durante un rato nuestro juego, esta vecina me señaló "¡¡¿Pero habeis visto a esta marimacho?!!".

Recuerdo que mi madre me llamó adentro y en la casa me dijo que jugase con las niñas a casitas, a cromos y otros juegos de niñas. No es que a mi madre le hubiese parecido mal nuestro juego -durante una vida la he oído lamentarse de aquel comentario de la vecina- pero para ella él qué dirán ha tenido siempre más peso que ninguna otra cosa.

Dedicado

A mis hijas, por si un día pierdo la memoria.

A mi madre, por todo lo que aprendí sólo mirándola hacer.

A mi padre, mi primer maestro y mi gran referente en la vida.

Lo que fui recordando

Sobre este blog

Recuerdos

Poco a poco voy escribiendo los recuerdos de mi infancia. Recordar cronológicamente no es fácil, los recuerdos vienen como vienen... Mediante las etiquetas puede seguirse un cierto orden cronológico, aunque hay posts que abarcan varias edades.

De 0 a 12 años

El blog está pensado para contar los recuerdos de la infancia, entre los 0 y los 12 años. A partir de ahí para mí ya fue adolescencia, otra fase que tal vez un día pueda tener su propio blog.

Imágenes Algunas de las imágenes que contiene el blog son propias, otras encontradas por Internet. Si alguna persona propietaria de una determinada imagen no consiente que se publique aquí, le ruego me que lo haga saber.
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