Este era otro juego, que al principio era divertido y luego me aburría. Consistía en poner varias manos abiertas con las palmas hacia bajo sobre la mesa. Cuando se llegaba al final de la retahila de palabras, se escondía el dedo al que le tocaba el final. Ganaba quien había conseguido ocultar todos sus dedos. Podía jugarse con una mano o con las dos.


Los pollitos de mi comadre

saltaron por los corrales

les picaron las abejas

salga usted, señá coneja,

sa por uno

sa por dos

sa por tres

sa por cuatro

sa por cinco

sa por seis

sa por siete

sa por ocho morocho

que son las ocho

y viene el monaguillo

vestido de amarillo

y viene el sacristán

con un pedazo pan

piedra redonda

y que esconda.